“Nunca imaginé estar en esta situación, es lo peor que hay”

Sábado 19 de octubre de 2019
Mariela se emociona hasta las lágrimas al recordar las penurias vividas. | Foto: Natalia Guerrero
Esteban Bueseck

Por Esteban Bueseckinterior@elterritorio.com.ar

Una maestra de la Escuela 106 que se involucra, que empieza a preguntar a sus alumnos y colegas y una trama de padecimientos emerge. Así comenzó a salir a la luz la historia de Mariela Boni, una joven de 32 años que vivió todo tipo de violencia física, económica y psicológica por parte del padre de sus hijos y hoy, como si fuese responsable de ello, deambula con sus niños en busca de un futuro mejor.
La cara de la mujer acompañada de un texto circuló en los últimos días por redes sociales y Whatsapp, pero ahora decidió hablar con los medios.
Son las 13.30 cuando El Territorio se acerca hasta una casa del barrio Rocamora, allí esperan Mariela con sus cinco hijos -cuatro nenas y un varón- y la maestra que los asistió. Así accede a contar su historia de vida, solo pide que sus pequeños no sean fotografiados y que no estén presentes mientras ella habla. Primero incómoda y luego desbordada de lágrimas cuenta que sufrió violencia desde niña, en la vivienda familiar de San Antonio y a los 12 años empezó a trabajar en casas de familia. “Hoy con ellos, con mi familia, no puedo contar. Ya salí de ese círculo donde mi papá y mi hermano también son violentos. Pasé muy feo cuando era chica”, admite.
Tiempo después buscó refugio en un convento, donde estuvo hasta ser mayor de edad, cuando conoció al padre de sus hijos. Sobre ese hombre que la atormentó hasta que logró huir pesa ahora una orden de restricción de acercamiento hacia ella y sus hijos. Además la mujer está todo el tiempo con un botón antipánico encima, por las tres denuncias por violencia que realizó.
“Cuando lo conocí él era bueno. Después empezó con los maltratos, salía y me dejaba encerrada, era muy violento”, contó.
Y agachando la cabeza, como si tuviese vergüenza, dijo: “Nunca imagine estar en esta situación y no se lo deseo a nadie, es lo peor que hay”. Pero reconoce que “uno puede tomar coraje y salir y eso lo digo también para las mujeres que sufren maltrato y se quedan, aguantan por un techo, por un plato de comida, eso no es así. No hay que aguantar lo que sea porque el hombre te da plata”.
La primera vez que Mariela denunció al padre de sus hijos, en la Línea 137, la asistieron: “Me ayudaron mucho, no tengo quejas, me llevaron a un hogar, me podía quedar ahí pero pensaba ‘tengo que estar acá cuando no hice nada y mi marido está libre por la calle’”. “A la nena más grande, que tiene 11 años, él le dijo que iba a prender fuego la casa con todos adentro”, indicó con la voz entrecortada.
A su vez afirmó que “no me dejaba tomar pastillas, no quería que me cuide y cuando me hice la ligadura de trompas se puso como loco”. “Por eso yo antes tenía miedo, hasta de que me mate, pero después me dije ‘por qué voy a tener miedo si hice todas las denuncias’”, plasmó.

El click
Hace unos meses, harta del maltrato y luego de idas y vueltas con el progenitor de sus hijos decidió cortar todo vínculo con el hombre. Ahora vive en una pieza en la zona Oeste de Posadas. Pero el click lo dio cuando nació su hijo varón que ahora tiene 6 meses.
“No quiero que él sea igual que el papá y que le levante la mano a una mujer o que le diga que es una inservible, le esté pegando o maltratando. Yo le quiero enseñar que a una mujer no se le toca, que él también nació de una mujer”, sentenció.
Y rompe en lágrimas cuando cuenta que no pudo terminar la escuela, solo hizo la primaria, por eso “quiero que ellas sean algo, que tengan un título, que ningún hombre las maltrate. Yo les enseño que no tienen que dejar que ningún hombre las maltrate, las toque. Donde voy ando con los cinco, para que nadie les haga nada. Sé que si están conmigo van a estar bien”.
Desde que la historia se masificó la mujer recibió ayuda de la Subsecretaría de la Mujer y Defensa Civil y decenas de particulares. Pero lo que más precisa es un trabajo y poder alquilar cerca de la escuela donde van sus hijos.
“Yo soy grande y me puedo cobijar en cualquier lugar pero ellos son chicos y no quiero que estén de un lado a otro. Ahora estoy en una pieza que ni llave tiene porque nadie me quiere alquilar, porque tengo muchos hijos y no tengo recibo de sueldo”, expone la mujer que trabaja haciendo limpieza en una casa de familia y cobra la Asignación Universal por Hijo (AUH).
“Ya no quiero más que mis hijos sufran. Sería bueno poder conseguir una casa o un lugar mejor para alquilar”, insiste al tiempo que explica que desde 2015 espera por una casa del Iprodha.
Pero el rostro de Mariela cambia cuando ve que la maestra de sus hijos y su familia se comprometieron a ayudarla. “Cuando ella me habló me dio ánimo, ya no tenía fe porque la gente siempre me miente y cuando ella me habló algo dijo dentro mío ‘vos vas a salir adelante’. Ahora estoy mejor, a veces me siento perdida, pero tengo que salir adelante por ellos que son chicos. Por suerte apareció gente buena y eso me pone contenta”.


El compromiso de la docente y una cadena solidaria

Silvana es la maestra de Plástica que advirtió una situación extraña con sus alumnas. Indagando se enteró que la madre de tres de sus estudiantes era víctima de violencia de género, que se había ido del hogar y vivía en una pieza donde solo tenían un colchón para todos. No había mesas ni sillas y allí, sobre ese colchón, los pequeños comen, estudian y duermen.
“Ahí hablé con mi mamá y mis hermanas y la empezamos a ayudar”, cuenta la docente pero “las nenas siempre estaban impecables, con las tareas hechas y prolijas, jamás podrías sospechar una situación así”, dice asombrada por lo que vivía Mariela puertas adentro de la casa.
“Nosotros con mi familia siempre nos involucramos en casos así, por eso sabemos que en las escuelas está llena de estos hechos, el tema es difícil porque no todos se quieren involucrar y se ven tantos casos de seguido que es difícil ayudar a todos”, afirma la educadora, que ayer, mientras duró la entrevista se encargó de jugar y contener a los pequeños.

Mujeres comprometidas
El neologismo sororidad refiere a la hermandad entre mujeres con respecto a las cuestiones sociales de género y eso es lo que sintió Mariela Boni, que ni ella ni sus hijos están solas “porque nosotros nos comprometemos con acciones, no con palabras”, admite Luisa, la matriarca del clan que la está asistiendo.
“La señora que primero la ayudó a hacer la denuncia a Mariela es una mujer del barrio, ahí ella se queda esperando mientras las nenas van a la escuela, porque no puede pagar tantas veces el colectivo. Y a veces esa misma señora le cuida el bebé para que ella trabaje”, dice Silvana.
Y cierra: “Ella no pide nada, nunca pidió nada, solo trabajo para poder salir adelante”.
Así fue como entre tanta oscuridad Mariela empezó a creer que otra realidad para ella y sus hijos es posible y recibió el compromiso de que ya no estará sola.

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