Mano Vogler, el plagiario

Jueves 13 de junio de 2019 | 02:00hs.
Para Vogler hay una manera corriente de decir y luego está la literatura, la magia de la palabra. | Foto: Marcelo Rodríguez
Por Federico García

Aldo Valentín ‘Mano’ Vogler es un trabajador nato: trabaja la tierra, la madera y la palabra. Hijo del “último jangadero”, es padre y fiel ex esposo que a la fecha publicó tres libros: ‘En los ojos del pajhaué’ (2016), ‘Breve ensayo sobre la verdad’ (2016) y ‘Esperanza y la muerte’ (2018). Los fines de semana desempeña labores varias en una chacra de Capioví, donde reside hace más de dos décadas, y durante la semana se rebusca haciendo trabajos de tallado en madera y pintura de brocha gorda que, asegura, son bien valorados en la comunidad.
En el Día del Escritor Misionero, su figura nos permite pensar la literatura en el contexto provincial y los espacios de intervención de la palabra, de quien la produce y de quien la recibe.
En diálogo con El Territorio, el posadeño nacido hace 48 años se confiesa mayormente como lector de novelas, aunque en materia de literatura misionera dice que “leí algunas cosas”, entre ellos, Moreira, Toledo, Crespo, “que me parecen buenas redacciones”. En ese sentido, reconoce que en el mercado local faltan trabajos de calidad, lo cual “se debe a la falta de lectura, porque yo he leído cosas que te da cosa leer. Lo mío es básicamente lectura; yo de eso es algo que me puedo jactar”. 
Sobre su percepción de la creación estética, sostiene que “el tema de la literatura es la belleza de los textos. Esa es una definición que me la inventé yo. Vos tenés una manera de decir las cosas y hay otra, que es literatura”. Así, destaca que la ficción “tiene que ser creíble. El tema puede ser una boludés, pero te tiene que hacer ver la realidad desde un espejo ficticio. Eso es básicamente la literatura, esa magia de la palabra”. 

El embrión 
Sobre la mecánica de su trabajo, cuenta que “escribo en computadora, por suerte... porque de lo contrario mi habitación estaría llena de bollos de papel, porque estoy todo el tiempo cortando, pegando, hasta que a mí más o menos me cierra”, dice, reflejando el trabajo insistente que requieren los textos antes de ver la luz. Y agrega: “Escribo cuando me levanto. Por ejemplo, el otro día tenía una frase en la cabeza, me siento en la máquina y estaba en pelotas. Cuando la idea es un embrión, te sentás en el teclado y le empezás a dar forma”. 
Escribir no es solamente soltar palabras en el papel de una forma inconsciente: “Me da gracia los que dicen: ‘Yo me siento y escribo y escribo’. Yo lo comparo con el reviro. Vos agarrás el reviro y le pegás tres o cuatro espatulazos en el fondo de la olla, lo revolcás en aceite tibio y tenés reviro. En cambio, si vos te ponés a hacerlo, aprovechás la concavidad de la olla, la intensidad que te da el fuego, sale otra cosa. Que los dos son reviro, los dos son reviro”. 
Lo que Mano crea “básicamente me tiene que cerrar a mí. Algo me tiene que mover lo que yo escribo, sino no sirve, qué le va a mover a otro. Me encantaría que alguien se reconozca en lo que yo escribo porque es lo que me pasa a mí cuando leo, me identifico con determinados personajes”. Sin embargo, aclara que no se siente escritor profesional, “en el sentido de que no vivo de esto. Pero creo que mi trabajo es bueno. No tengo miedo de recomendarme”. 
Luego viene la etapa de corrección: “Entonces se lo envío a mi pareja, que ahora es ex pareja, pero nos quedó ese vínculo de la literatura. Y ella lo imprime y le hace una segunda revisión. En ortografía no tengo ningún problema, pero no es eso lo que ella revisa. Por ahí me falta alguna prepocisión, algún artículo o alguna cosita que por ahí me la como, porque a veces la cabeza va más rápido que el teclado”. 

La fecha

El Día del Escritor Misionero se instituyó en recuerdo del fallecimiento del periodista, escritor y dramaturgo Juan Enrique Acuña, el 13 de junio de 1988.


“Y ahí hablamos por teléfono y ella me lee el párrafo que yo le mandé y escucho cómo suena. Y ella me lo lee tal cual, con los puntos y las comas”, dice sobre la importancia que tienen los demás sentidos en la apreciación de una obra, ya que “el ritmo, el tono son importantes”.
Respecto a su evolución como escritor, sostiene que “noté que, entre el primer y el cuarto libro -además de los tres publicados tiene uno en preparación-, mejoré en el ritmo, en el tono, en la fluidez con que escribo. La forma es independiente del tema, pero me pasa hasta ahora que con diez renglones estoy dando vueltas todo el día”.
En ese sentido, explica: “Tengo una preocupación genuina. Respeto todo: el tiempo, el descanso del lector, por eso separo en renglón y medio mis escritos, hasta eso es un cuidado para el lector, para que no se apabulle de letras de movida. El ritmo lo respeto mucho, y el tiempo que se le está dedicando”. 
Por ello, critica con dureza “a la gente que dice que no lee por falta de tiempo; con quince o 20 minutos que le dediques a la lectura por día ya está. Tampoco hago una apología de la literatura: pegar una pincelada, tocar un par de acordes en la guitarra, si no tenés quince minutos para eso, algo estás haciendo mal”. La recompensa “no es algo tangible en el momento, si bien hay textos que me despiertan la satisfacción instantánea. Pero a la larga eso se traduce en un buen manejo del idioma”, asegura. 
Eso es fundamentalmente la forma en la que se define a sí mismo como lector, pues confiesa le dedica tiempo “mientras tomo mate”, pero “soy exigente, entonces ya sé lo que se puede esperar” ya que, según cuenta, un texto nos debe atrapar desde el inicio. Un libro bien escrito es aquel “que te toque alguna fibra, que te despierte algo, que te haga lagrimear, que te haga reírte solo, que te haga putear al personaje”.

El plagiario  
“Yo siempre digo que el escritor es básicamente un plagiario. Escritores de talla se vieron influenciados”, se posiciona. Y aclara: “Cuando voy a escribir lo hago con los rudimentos que tengo. Conocimientos académicos no tengo. Así que, en base a las novelas que yo leí, plagio de alguna manera en mi trabajo. Digo plagio en un tono irónico”. 
Sobre el lugar que ocupa la literatura en su vida, expresa que “no quiero que mis libros vivan de mí, quiero vivir de mis libros. Por lo menos que se paguen solos. A eso me refiero con vivir de ellos. Y que me dejen cierto margen, me parece que no es pecado”. 
“Tomo la escritura como un trabajo disciplinado. Es una de las pocas cosas en mi vida en las que tengo disciplina. Le escapo a la chapa de escritor todavía, incluso creo que hay algo de soberbia en eso, porque me parece que sé contar historias, sé narrar verbalmente y un poco mejor en papel, donde tengo más espacio, pero básicamente soy un narrador”.
“Hay gente que escribe libros para regalar e ir cultivando su biblioteca. Miles de libros que no estan ni siquiera hojeados”, critica, y reflexiona: “El destino del libro no es la biblioteca. No tiene sentido; es un fetiche”.
En relación a la forma jocosa en que los demás lo perciben, aduce: “Me río cuando me catalogan de bohemio, porque en la perspectiva yo vendría a ser el antibohemio. Yo sueño con el día que uno de mis libros se convierta en best-seller y yo quedarme en casa esperando el cheque de la editorial”. 
Por eso, cuestiona la percepción del escritor como “un tipo huraño que no quiere saber nada. Soy uno más de la comunidad. La idea es que el escritor se baje de ese pedestal, que no se quién lo habrá puesto ahí; en la época en la que escribir no era para todos, seguramente. Que baje y que vea que cualquiera puede escribir, pero preparate, leé primero, es una dedicación, una devoción”.

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