Lluviarada - El Territorio Misiones

Lluviarada

Domingo 19 de julio de 2020 | 00:30hs.

Carlos Manuel Freaza
Escritor

Mateo Sotelo solía marcar árboles que otros volteaban en la región del Alto Uruguay, el patrón, sin embargo, lo convirtió en puestero al ordenar que mantenga libre de intrusos doscientas hectáreas de selva casi virgen que poseía en el Alto Paraná; allí, en un claro del monte, levantó un rancho de tablas, dotándolo de rústicos muebles traídos a lomo de mula por antiguas picadas yerbateras; tres meses después de instalado, avisó por carta a su mujer Paulina que viniera con los dos hijos de la pareja, Tomás, de ocho años y Rita, de diez  El patrón, que no pagaba con vales, adelantó dinero para que Mateo aguante el verano y lo autorizó a que haga un rozado, en el que plantaría mandioca, maíz y algo de melón y sandía con la ayuda de su esposa. Paulina y los chicos dejaron la chacra de Colonia Mecking para que la familia entera se reuniera por primera vez en dos años, sin contar las fugaces visitas de la mujer al marido en los campamentos obrajeros. Abordaron el vapor “Salto” en Santa Ana, bajaron en puerto Eldorado y viajaron a lomo de caballo, guiados por el baqueano Idelfonso Palacios; el jefe de la familia ignoraba el momento exacto del arribo para ir a esperarlos; Paulina y los niños accedieron sin inconvenientes a la soledad del puesto en medio de la selva. Mateo, contento, los abrazó, diciendo a Palacios que iría a Eldorado al día siguiente a abastecerse. Durante la cena, Paulina comentó el cambio de nombre de Colonia Mecking por el de Leandro N. Alem, Rita y Tomás relataron al progenitor el trabajo con el Padre Edgardo juntando regalos de Navidad y Año Nuevo para los chicos de la colonia.

Al amanecer, mientras Mateo encendía la cocina a leña, se desató una lluvia de intensidad inusual, los truenos aturdían y hacían temblar el rancho; el viento ululaba siniestro. “Chaparrón de verano”, dedujo el puestero, removiendo la sartén con el reviro del desayuno. Al mediodía, la lluvia seguía cayendo. Paulina se quejó, no había qué agregar al poroto negro. Mateo dijo que esperaría la mejora del tiempo para ir a Eldorado. Cenaron mate cocido con chipaí-cuerito. El nuevo amanecer fue con lluvia también, a veces mansa, otras feroz, Mateo se inquietó, sabia de los arroyos crecidos, pero descenderían rápido apenas escampara. Pasaron seis días desde el arribo de Paulina y los niños, el cielo continuaba implacable su aporte pluvial. Se aburrían del reviro, del poroto y la torta frita, de los juegos de cartas y la lectura de los mismos cuentos obsequiados por el Padre Edgardo. Mateo sentía traicionada su experiencia; jamás en sus treinta años de vida, hubo lluvia de tal duración en el mes de enero. Paulina avisó: quedaba un huevo y el poroto alcanzaba para pocas comidas más. Mateo salió a enfrentar el temporal con el lazo. El arroyo chico devino furioso torrente, el riesgo de los remolinos y de ser arrastrado hasta el Paraná resultaba disuasivo terminante para el cruce a nado, además él apenas sabía hacerlo al estilo “perrito”, era hombre de tierra adentro, no de río y sentía el respeto al agua inculcado por su madre. Enlazó un arbusto de copa fina en la orilla opuesta, ató a su cintura el otro extremo y atravesó el torrente prendido de la cuerda, a fuerza de puro brazo y pataleando. Tuvo éxito, pero con el Mita-í, que rodeaba gran parte de la propiedad, fracasó, estaba demasiado ancho, el lazo no alcanzaba ni a la mitad. Buscó el paso salvador, pero no lo encontró. Pensó en derribar un cercano timbó y hacer una canoa ahuecándolo, implicaba tiempo y trabajo, tal vez asirse a un tronco flotante, pero ambas alternativas resultaban tan peligrosas como intentar nadando ¡había que tener coraje para enfrentar esa trepidante masa líquida¡ Al regresar vencido, con el agua calándolo, vio la silueta del cerro detrás del rancho. Descartó el ascenso, no había picada, ni vieja ni nueva; si avanzaba a machetazos, se toparía de nuevo en la bajada con el Mita-í hecho tromba. Apretó la bolsa impermeable con el dinero, guardada en el interior de la gruesa tela cosida al pantalón cerrada con alfileres de gancho ¿para qué servía ahora? ni la fortuna completa del patrón lo ayudaría en esas circunstancias. El hambre se hizo palpable. Mateo conocía nidos cercanos, el liviano Tomás subió por resbalosos troncos para robar los huevos y mejorar la dieta. La lluvia se interrumpía a veces, pero pronto se reanudaba con intensidad. La familia relacionó el mal clima con el castigo de Dios por pecados cometidos; rezaba el rosario pidiendo perdón, suplicando al Señor el fin de la lluvia. Los chicos añoraron la chacra de Mecking, los abuelos la estarían pasando mucho mejor que ellos. Hacia fines de enero no quedaban nidos en las inmediaciones, Rita y Tomás imploraron al padre por una solución, Paulina exigió al marido que hiciera algo, el hambre dolía. Mateo salió con el revólver, mataría al primer plumífero o mamífero que viera; no encontró seres del reino animal y el Mita-í estaba más crecido aún, rugiendo como mil yaguaretés juntos. Resolvió atravesar el arroyo cueste lo que cueste, ya no podía esperar que cese la lluvia. Bien temprano reunió a la familia y les dijo que cruzaría el Mitá-í prendido a un tronco, se impulsaría con las piernas hasta la otra orilla sin desafiar a la corriente, trataría de regresar para el anochecer, aunque dependía del punto en que lo sacara el arroyo en la orilla opuesta, no debían preocuparse si tardaba más; en el pueblo requeriría la ayuda necesaria. Ya en el monte, los árboles que solía admirar como portentos de la naturaleza, le parecieron oscuros y ominosos gigantes, cual si el sabio Frestón hubiese ejercido magia inversa a la de los molinos de Don Quijote; lamentaba haber traído a su familia sin prepararse lo suficiente.  

Al crepúsculo de ese día, la precipitación amainó, por la ventana pintaron franjas rosadas, violetas y azules por primera vez en semanas, la familia rezaba. De pronto oyeron golpes en la puerta -¡Mateo, papá¡- gritaron. Paulina atisbó por la ventana y divisó la silueta de una mula con las alforjas cargadas. Abrió dispuesta al abrazo liberador de la angustia, pero se encontró con el rostro sonriente del baqueano que los trajo.

-¡Palacios¡-exclamó la mujer con cierta decepción, pasándole la mano– no se imagina en la situación de necesidad que estamos acá.

-Me imaginé, che señora, por eso vine, ustedes son nuevitos en la zona.

- ¿Y Mateo? - inquirió Paulina, convencida que él envió a Palacios, retrasándose por algún motivo.

-¿No está acá? Ah, claro, habrá salido en busca de socorro, pero no me encontré con él- respondió el baqueano- está difícil atravesar el arroyo- agregó. 

El visitante recibió el saludo y la mirada agradecida de los chicos. A la espera de la cena que Paulina preparaba con las flamantes vituallas, Palacios relató que el día anterior estuvo en el almacén del gringo Otto, quien le preguntó por el “brasilero” Mateo, comentando que había pasado apurado, anunciando que volvería antes del veinte por provisiones porque venía su familia, pero no fue. Palacios relacionó de inmediato la falta del puestero con la lluvia, tampoco él lo había visto ni oído sobre su presencia en el pueblo desde el inicio de la lluviarada, seguro no podía salir por los arroyos, dedujo que él y la familia estarían pasando mal; decidió dar una mano y compró a cuenta de Mateo las provisiones. Explicó que al otro lado del cerro, sobre un profundo cañadón angosto donde había un saltito, los obreros que construían la ruta al Este hicieron un puente de troncos; no existía creciente del Mita-í que desbordara esa altura, él vino por allí, luego rodeó la base del cerro; estimó que Mateo no sabía de ese paso por no estar acostumbrado al área todavía, de lo contrario lo habría utilizado al primer día de lluvia, pese al recorrido más largo hasta el pueblo. El baqueano durmió en un catre y reemprendió el regreso bajo el sol radiante de la mañana, con un cielo sin nubes, satisfecho de haber llevado alivio a las penurias de sus conocidos, pero salió de ceño fruncido, mirando lejos.  Cuatro días después se presentaron ante Paulina dos agentes de la Prefectura, que le entregaron una bolsa impermeable con dinero, comunicando que el cuerpo de su esposo fue hallado flotando en el Paraná, kilómetros aguas abajo del puerto de Eldorado; lo rastrearon a pedido de Palacios. La viuda reunió a Rita y a Tomás, les dijo que el padre había muerto por salvarlos, por eso ya no volvería, acotando entre lágrimas:

-Dios escuchó nuestro rezo, la lluvia paró y la comida llegó, pero nos castigó con lo peor, sacando a Mateo de nuestras vidas para siempre, nada tan malo hicimos para merecerlo. 

En el océano Pacífico, la corriente del Niño, de calidez y humedad extraordinarias ese año, seguía en lo suyo, alterando el clima del mundo y provocando desastres a lo ancho del globo.

Relato inédito. Freaza es autor de La Rotación de los vientos, libro de cuentos.

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