Las monedas - El Territorio Misiones

Las monedas

Domingo 12 de julio de 2020 | 04:30hs.

Ricardo Javier Vera
Escritor

Hay tesoros enterrados en la selva y mejor dejarlos ahí porque traen desgracia a sus poseedores, como ocurrió con O Velho, el esclavista Antonio Raposo Tabares. En esa época capturaba guaraníes en las misiones jesuíticas y los forzaba al duro traslado en colleras hasta Sao Paulo. Los esclavos terminaban trabajando en los cafetales o en las plantaciones de caña que forjaron el imperio lusitano.

En su lujuriosa ambición maloca, “O Velho” soñaba amasar una gran fortuna por la trata. Sin embargo, también deseaba asaltar reducciones, destruirlas y encontrar tesoros, tales como santos con esmeraldas o rocas preciosas. Jamás pudo hallar nada similar pero estuvo cerca. 

En su última expedición, Raposo era escoltado por unos 500 expedicionarios armados. Aborígenes aliados, holandeses y portugueses conformaban el variopinto grupo de soldados. Aunque debieron improvisar un campamento al costado de un arroyo debido a que hubo una diarrea masiva. Es que carnearon un animal en mal estado y lo comieron a gusto a pesar del sabor amargo que dejaba en el paladar.

Mientras la tropa se recuperaba de la roñosa deshidratación, Raposo decidió salir bien temprano a recorrer la zona, junto a cinco mesnaderos y Quati, un tupí guaraní que oficiaba de guía. El aborigen de piel cobriza tenía en su torso una docena de tatuajes rústicos. El rostro estaba pintado con una especie de antifaz negro y, como accesorio, sobresalía un hueso filoso de la barbilla. Quati caminaba agazapado, con la cuerda del arco tenso, apuntando la flecha al suelo, por si algún episodio imprevisto surgiera del frente.

De repente, el tupí baqueano detuvo la marcha y dio dos sigilosos pasos atrás. Raposo y los demás soldados se pusieron en guardia al observarlo en retroceso.

“¡O que há, indiano!”, preguntó O Velho sin obtener respuesta. Entonces miró hacia donde los ojos del aborigen se posaban.

A lo lejos, la bruma dejaba entrar algo de luz, entre lustrosas hojas de güembé y algunas tramas del isipó. Allí asomaba un hombre de corta estatura. De pies a cabeza estaba pálido como si hubiera sido embadurnado en ñaú blanco.  Sin dudar, Raposo dio la orden de ataque y todos lo siguieron. Quati quedó inmutable en su lugar.

El aborigen albino estaba quieto y a causa del vaho hubo dispersión de los bandeirantes en varias direcciones. Con largas zancadas, Raposo alcanzó a su objetivo y cuando estuvo de frente arremetió unas estocadas de puño. Percibió que atravesaba algo ligero, nada parecido a la carne y los huesos. Entonces estiró la mano para luego palpar algo pegajoso y áspero. No era una persona lo que había divisado a lo lejos. Era una telaraña y ahora estaba en el medio de esa gigantesca urdimbre. Pequeños artrópodos caminaban por los hilos y acto seguido lo atacaron. Clavaron sus diminutos colmillos en el cuello, el rostro y las manos del mameluco.

Mientras sentía los pinchazos y se sacudía torpemente para sacarse de encima a los arácnidos, Raposo se tropezó y cayó de bruces ante un viejo tejido a colores, medio sepultado en la tierra. Estiró la tela y descubrió que se trataba de una bolsa. De su interior cayeron varias monedas brillantes. Raposo sintió una felicidad enorme en el pecho mientras alzó uno a uno el tesoro. Pero al hacerlo observó que sus dedos estaban inflamados, detalle que le causó gracia porque parecían regordetes. Aunque se desesperó cuando palpó sus labios y los notó sumamente deformados e insensibles. Los párpados también comenzaban a anestesiarse y apenas le permitían ver. Su cuello se hinchó tanto que resultaba un gran esfuerzo respirar. Dejó caer el botín, se inclinó para tomar aire y cuando alzó la cabeza no tuvo tiempo de explicar nada.

Sus soldados apuntaban las armas. Tenían enfrente a un individuo deforme, con forúnculos gigantes, nada parecido a O Velho. Raposo quiso hablar pero solo se escucharon unos sonidos guturales porque su lengua estaba dormida. Cuando dio un paso tembloroso hacia ellos, recibió disparos de arcabuces y estocadas hasta que no se movió más.

Los mamelucos tomaron el botín que tenía entre sus manos llenas de erupciones y trataron de hallar el camino de regreso al campamento. Trepado a un lapacho amarillo, Quati siguió con la mirada a los mamelucos hasta que se extraviaron en la espesa neblina de la mañana.

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Antonio Raposo Tavares, conocido también como O Velho (El Viejo), tuvo un destino distinto a este relato. Fue uno de los mayores expedicionarios de la corona portuguesa. Odiaba a los jesuitas y a todo cristiano porque su madre judía fue torturada por la inquisición. Fue magistrado de Sao Paulo y luego nombrado jefe bandeirante. Luego de sus expediciones de saqueo y esclavitud se anexó gran parte del sur brasileño a la colonia portuguesa. La rodoviaria más larga de Sao Paulo lleva su nombre. Aunque los antiesclavistas lo rechazan y pretenden bajar su nombre de cualquier homenaje.

Relato inédito. Vera es periodista, locutor. Este cuento es parte de un libro de relatos de ciencia ficción y misterio en preparación.

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