La bruja de la calle Rivadavia - El Territorio Misiones

La bruja de la calle Rivadavia

Domingo 12 de julio de 2020 | 03:30hs.

Alejandro Joves
Escritor

El excesivo ausentismo en la escuela comenzó a ser preocupante. Las madres, acorraladas en el temor de que sus niños terminaran en frascos de elixires de juventud eterna, señalaron sin dudar: La bruja de la calle Rivadavia. 

Hamacas y toboganes abandonados, las jugueterías dejaron de contratar payasos que hagan escándalo en la vereda. Aquel mundo de dientes de leche se extinguía. Un incesante maestro pensó que podría ser el héroe que estamos esperando.

- No es casualidad que en cada luna nueva sonámbulos peatones, serenos del puerto y adolescentes melancólicos queden pálidos al ver en plena madrugada a una figura femenina bañándose en la costa. Algunas veces cerca del puente, otras en inmediaciones del Brete. “Las señoras del Té y Canasta” elevaron una queja formal y escrita haciendo notar su indignación, denunciando, que han visto a una dama levitar en una especie de tacuara o tal vez rama de araucaria. Todos coinciden en varios puntos: piel blanca, cabello negro hasta los tobillos. ¿La edad? indescifrable, algunos hablan de arrugas en la cara con lunares como tábanos, otros de una tersa piel digna de una mujer en su plenitud. ¿¡A dónde iremos a parar?!- gritaba la lluviosa voz del reconocido periodista Tano Anacleto en su vivo por Instagram.

El maestro Julio Fucik cansado de escuchar estruendosas tapas de olla los domingos a las 7, salió a cazar la bruja.  Necesitaba saber su identidad, ver su cara, invitarla a tomar unos mates y pedirle del más caballeroso modo que se retire de estas tierras o bien… la hoguera.

La bruja podría ser cualquier mujer de la ciudad, una anciana indecisa en la panadería, una solterona con quince sobrinos, una infartante facultativa en la cola del cine. La capacidad de las brujas en pasar desapercibidas es tan importante como sus conjuros.

Más por obligación que por costumbre, cada bruja debe tener una casa, un inmueble declarado en catastro, una choza que sirva de templo para sus hechizos y trabajos. Fucik necesitaba confirmar que el domicilio sea correcto. Es por eso que consultó a los más destacados personajes de la ciudad.

El guitarrista Martino Pastaricatti, le dijo a Fucik que su perro el Laucha se había enfermado de moquillo. Quién lo rescató de esta enfermedad terminal fue una señora que vivía en Rivadavia y Sarmiento. 

El melómano Ricardo Rockollaski (que habla con letras de canciones) coincidió también en este dato y pasó a cantarle la justa -Es, es una hechicera, que domina al hombre con sus danzares con las caderas. -

Las señoras de la Canasta aseguraban que en Rivadavia y Sarmiento a la medianoche se escuchaba maullar un gato o un llanto de bebé recién nacido seguido de una risa fantasmal con una complicada tos al final.

Fucik recopiló comentarios de que la bruja manejaba de manera profesional aspectos tales como la radiestesia, la quiromancia, el péndulo, reiki, adivinaciones con felinos y no había enfermedad o dolor humano que no supiese curar con hierbas fáciles de adquirir en la feria de los sábados. 

Un domingo (día crucial para el gremio brujístico) Fucik esperó que se esconda el sol y fue a merodear la zona como quien anda perdido, mirando los techos, dándose aires de arquitecto.

Descansó su columna en el tronco de un chivato, miraba sin entender a la gente que espera el urbano los domingos y mientras se disponía a saborear un caramelo de anetol, notó que del techo de una casa salía un irregular humo azul. 

La espesura de la oscuridad tomaba protagonismo gracias a la luna nueva. El maestro no podía ver su sombra y los mosquitos estaban de fiesta. Quizás fueron veinte minutos de espera, quizás una hora, las palpitaciones en el pecho de nuestro letrado no daban lugar a conjeturas temporales. En un momento los rumores se hicieron visibles. La bruja, aquella misteriosa colega de lo ilegal, salió disparada por la ventana a bordo de un poderoso gajo de eucalipto o tal vez de guayaba, vestida con una túnica o quizás desnuda. Se perdió en el cielo y Fucik sentía estalactitas en su paladar, intuyó estar frente a la casa de la bruja, no solamente por ver una puerta de color ébano con simbología demoníaca, sino que la podredumbre del aire era inconfundible.

Pensó unos instantes en llamar a algún vecino fanático de quemar basura a la siesta o algún fumador deambulante que lleve el zippo en sus bolsillos. Insoportables ideas de incendiar la morada de la bruja empañaron los bifocales del maestro. 

Su experiencia de docente recién recibido, cuando caminaba 17 kilómetros en medio del monte para dar clases lo habían dotado de coraje. Abrió el portón sosteniéndolo con cuidado para que no suene la bisagra, caminó por un pasillo asediado de plantas que mordisqueaban el ruedo de su único pantalón de gabardina. Ya tanteando el picaporte sintió el aroma de algún incienso. Los dibujos con círculos y estrellas de 6 puntas, rocas preciosas ubicadas en diferentes esquinas, imágenes de otras célebres brujas, un calendario con el ciclo lunar y velas de colores inmundos derritiéndose sin culpa no le provocaron más que un bostezo. En el hogar fuego. En el fuego la olla donde algo se cocinaba, las vísceras de gallina y la espuma blanca que emergía le extirparon cualquier apetito que podría tener.

Inspeccionó el lugar con la criticidad de un maestro, sin tocar nada, decidió esperar a la bruja sentado en una silla hamaca decorada con el cuero de un carpincho. Al lado de la olla instaló una pava con un poco de agua, buscó el mate (en casa de bruja o del presidente la yerba es infaltable) y quedando hipnotizado por el fuego comenzó a disfrutar de un amargo que le hacía guiñar el ojo izquierdo.

Pasada la medianoche el maestro despertó de un salto y gritó -¡Galarza! - alumna que lo dejaba al borde de un ataque de nervios en cada clase de historia regional. 

- Ya terminó de usar el mate así tiro la yerba - dijo la bruja mientras se servía un cucharón de la sopa de pollo que había preparado.

- Deje que yo lo limpio - dijo Fucik tratando de mitigar el miedo que le desataba los cordones.

- No es este un horario en el que suelo atender, además no recuerdo haberle dado turno y peor aún, hace mucho tiempo que no recibo a nadie en mi casa. Olvidaré estos pormenores si su excusa viene a darme al menos un motivo para el buen ánimo, así no me veo obligada a convertirlo en un gato amante de la carne podrida. 

Fucik respiró profundo y rogando que la tartamudez, que lo visitaba en su adolescencia, no vuelva, se explayó ante la bruja - La que tiene que explicarse acá es Usted, que es eso de andar volando por la medianoche, bañarse en la costa y fomentar el miedo general que derivó en ausencias prolongadas de los niños en la escuela. Usted, como bruja que es, debería saber que la zona para tener su casa no puede ser nunca en pleno centro. Debe imaginarse lo perjudicial que es para un niño no concurrir a clases. Usted querida mía debería saber todo esto que le estoy diciendo con anticipación, si es que quiere que la respete como bruja.

- Ay! maestro Fucik… Mañana tengo un día agotador, por qué no me pide que le diga como enamorar a Juliana y se deja de tantas vueltas. Además, lo que necesita Usted de manera urgente es un jugo de aloe, en ayunas, para que su tartamudez no lo complique nunca más. Lo que si veo imposible es que Juliana se enamore de Usted. Esa chica, pobre, está cegada por conquistar a un hombre casado, pero nada puede hacerse con una enamorada del capricho, hay amores ciegos que carecen de bastón.

La bruja comenzó a pasarle betún a su sombrero de cuero y miraba de reojo a Fucik. El maestro aclaró su garganta, se puso de pie y luego de bailar sobre las eses al fin habló.

-Solo quiero pedirle que no se aparezca más y que me diga cómo puedo hacer para que Juliana repare en mí, no digo que se enamore, al menos una mirada, tal vez un beso robado… El maestro sintió su mentón tocarle el pecho y su voz desvanecerse con su convicción.

-Los hechizos de amor son un arma de doble filo - dijo la bruja mientras usaba de escarbadientes la uña de su dedo meñique - el costo de enamorar a la fuerza un corazón ajeno no lo querría Usted enfrentar. Nunca se sabe lo que un hechizo de amor puede provocar en su hacedor: Ser un alma en pena vagando en la oscuridad con un macabro propósito presupone el dolor más agudo que no es otro que recordar, tener memoria del daño provocado. Así que le recomiendo, maestro Fucik, que si quiere conquistar a Juliana no intente algo más que no sea la declaración pura y evidente. Dígale mirándola a los ojos que Usted muere de amor por ella y duerma tranquilo. 

La bruja tomó un trago de agua con ruda y acercándose a la puerta para ir despidiendo la visita culminó -Voy a acceder a su pedido, me retiraré de la ciudad y buscaré un lugar más alejado de la urbe, porque Usted me cae bien, ya que si por mi fuera haría desaparecer a las viejas chismosas que habitan las veredas.

El maestro se acercó a la salida y rascándose la sien inquirió un par de preguntas más.

-¿Cómo es que algunos la ven vieja y otros, como en mi caso, joven y atractiva? 

- Soy visible a las personas como un espejo de su espíritu.

La bruja volvió hasta la mesa y trajo una pirámide de madera que puso en el bolsillo derecho del saco de corderoy que traía puesto Fucik. 

- Juliana te espera.

Lorem

El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina