Golpiza - El Territorio Misiones

Golpiza

Domingo 9 de agosto de 2020 | 01:30hs.

Por Mano Vogler

Les cuento una historia cortita: En un lugar de la Argentina, cuyo nombre prefiero no recordar, hallábame yo leyendo “Sobre la brevedad de la vida y otros discursos”, de Séneca. Era un domingo brillante, pulido, el que se echaba sobre aquella plaza poblada de padres jugando con sus hijos, jóvenes parejas acaso pensando en tenerlos, viejos quizá lamentando el haberlos perdido, un lienzo mostrando la pintura de la armonía social con la que todos soñamos y que sólo se ve en los folletines de los Testigos de Jehová.

En una de las pausas que la lectura suele conceder, levanto la cabeza y veo a tres muchachos que avanzan, a paso vivo, en dirección al banco donde estaba yo sentado.


“De dónde sos vos, ñeri”, pregunta uno de ellos antes de poner el pie en la vereda que este servidor ocupaba. “De Misiones”, contesto con una sorpresa que pronto se transformaría en inquietud y, unos segundos más tarde, en miedo.

Un abrir y cerrar de ojos después de mi escueta pero irreprochablemente verdadera respuesta, los tuve a los tres mozos parados frente a mí, muy cerca de mí, sospechosamente cerca de mí. Y tan sospechosa fue su cercanía que vino a mi mente un pensamiento único, aislado de cualquier otra idea de posibilidad, “Acá voy a ligar”, pensé.

Luego de preguntarme si yo era de la brigada, pregunta cuya respuesta parecieron no escuchar, me pidieron que me levante la ropa, tal vez pensando que se encontrarían con la culata de una pistola reglamentaria. Otro abrir y cerrar de ojos y procedieron a darme la más suculenta, la más prolija y concienzuda paliza de la que guardo memoria, punto por punto, golpe por golpe, hasta el momento en que escribo estas palabras. Los tres, concentrados y en muda sincronía, aplicando lo mejor de sus jóvenes fuerzas en el castigo de una falta que, también hasta el momento en que escribo estas palabras, ignoro.

Hecho un ovillo en tierra, recibiendo patadas a diestra y a siniestra, pensé que la pesadilla acabaría con un cuchillo metiéndose entre mis costillas o con una bala desmenuzándome los sesos. Recogiendo una hilacha de fuerzas de donde ya tejía la desesperanza, logré levantarme del suelo y, previa evaluación del impacto que causaría un golpe de mi puño, descargué mi mejor trompada en la nariz del de más reducida talla, que acabó tendido, sólo le faltaba abrazar a un osito de peluche y roncar.

Frente a los dos restantes me azotó la realidad lacerante de que yo no soy Chuck Norris ni Bruce Lee. Agarré mi mochila al mismo tiempo que recibía una patada demoledora en el muslo, me aferré a mi libro como quien se aferra a la tan mentada tabla en medio del naufragio y, perdida la dignidad pero a salvo el pellejo, eché a correr como ánima que el diablo lleva, dejando abandonadas en el banco mi campera y mi gorra, magro botín para la desproporción de tamaña golpiza.

Aquella hubiese sido una buena forma de acabar la historia, conmigo corriendo y los pibes cambiando mi campera por un vino y una soda. Pero aún faltaba lo peor.

Ya a la carrera, inexplicable carrera si consideramos el golpe en la pierna y sus secuelas posteriores, escucho que a mis espaldas alguien grita “Violador”. Una, dos, tres, infinitas veces, “Violador, violador, ése violó a una criatura”, bramaban. Los tres pibes me seguían, menos para alcanzarme que para espantarme. La suerte quiso que no me encontrara con las afiladas garras de la justicia popular, que si tal hubiese acontecido, nada de lo que yo podría haber dicho en mi defensa valdría y los periódicos del día siguiente habrían gritado, “Turba enardecida lincha a violador”.

Llegué rengo y desencajado a la terminal de ómnibus, descargué en mi interior una petaca de whisky y ahí sí, me puse a llorar como lo que en ese momento era: un niño violado.

Relato inédito.Vogler es autor de los libros Esperanza y la muerte y la trilogía Delincuentos, entre otros. Email mano38@live.com.ar

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