El niño perdido - El Territorio Misiones

El niño perdido

Domingo 9 de agosto de 2020 | 04:30hs.

Por Benito Zamboni

Aun pobrecito, obligado a vivir en estas regiones, preparado para cualquier cosa y dispuesto a soportar todo, suceden a veces cosas superiores a toda imaginación. Esta, por ejemplo, de pasar en vida por la séptima sima del infierno del Dante como un vulgar ladrón. Yo que soy la negación del comerciante no hubiera podido imaginar.

Escuchen lo que ocurrió días pasados.


Al anochecer volví del trabajo con la azada al hombro, cansado y muerto de sed, pero apenas me senté para descansar un poco, mi mujer preguntó:

-¿Y Tito dónde está?

Tito es un morfel de cinco años, “dañino como él solo”, apegado más al papá que a la mamá.

-Estará en casa…

-No acá no está –respondió asustada mi mujer.

-¡Pero dónde querés que esté! Sabés que es como un gato y cuando es la hora del baño huye.

-Te digo que debe haber quedado allá en el fondo de la chacra –agregó.

-Pero te digo que no, caramba, ¡caramba! Lo ví partir. Aún más, me dijo: “Papá, voy a tomar agua”. Y se fue.

La mujer mandó rápido a los otros chicos a buscarlo a la despensa, al huerto, a la bohardilla, a todas partes donde sospechaba que podría haberse escondido; yo me quedé sentado esperando la cena, convencidísimo de que, de un momento a otro, aquel pícaro aparecería. Poco después regresaron todos sin noticias.

La cosa se vuelve seria. En lugar de cenar me levanto también para buscarlo… ¿Pero dónde?

En tanto se hizo de noche. Encendí un “farol” y con uno de los chicos recorro nuevamente el camino que hice al venir del trabajo, mirando por todas partes, bajo los árboles, entre los yuyos, en medio de la “mandioca”, para ver si por casualidad no se había dormido allí. Llamo fuerte: Tito, Tito; pero solo el eco del monte vecino me responde… ito… ito…

Regresamos a casa. Mi mujer, cansada de buscar, se sentó sobre la silla, con el último en brazos y comenzó a llorar.

¿Qué hacemos? ¿Dónde podrá estar? En casa -observa ella- no se vio ni un alma en todo el día, peligros no hay; solo el pozo al que tenía mucho miedo por eso había mirado allí primero.

-¿Y si estuviese en el fondo? -me dijo la pobrecita- Los ahogados flotan en el agua –respondí.

-”Mentira…”

-Solamente después de un cierto tiempo –insistió- suben.

Y me miró con los ojos lacrimosos, implorantes. Veo que sabe más que yo y comprendo la indirecta.

Verdaderamente la idea de entrar al fondo de un pozo, de noche, para buscar un hijo ahogado, no me seducía de ninguna manera. Pero por otro lado, ¿cómo podría uno sentarse a la mesa o acostarse sabiendo que falta un hijo y sin haber hecho de todo para encontrarlo?

El pozo es profundo, doce metros, pero de agua no tiene más que dos, así que pienso que tirándome con violencia llegaré con los pies al fondo y no teniendo más de un metro de diámetro podré enseguida sondearlo.

Sin ser un Tiraboschi, siempre he sido un buen nadador. Pero no sé por qué me desvestí con verdadera repugnancia para entrar. Y si no hubiese sido por el hijo, si me hubieran dicho: mañana tendrás un millón de pesos en aquel pozo, yo, que no tengo ni un centavo, habría rechazado bajar allí.

Ligué bien una cuerda y entré con el propósito de servirme también de ciertos agujeros que a uno y otro lado de la garganta forman una especie de escalera.

Los chicos y mi mujer quedan a mis órdenes, prontos a tirar o soltar la cuerda, según el caso. Aferrado a la cuerda, a tientas buscaba con los pies los agujeros para apoyarme y lentamente descendí. Habré estado a unos ocho metros de profundidad cuando, al poner el pie en un agujero, siento algo que se desliza bajo el pie y al mismo tiempo una cosa viscosa se enrosca en mi pierna desnuda. Lanzo un grito y con una mano trato de agarrarla; pero un poco por el apuro, un poco por el miedo y otro por el peso del cuerpo, me hace resbalar el otro pie y “patatúmpete”, caigo derecho hasta tocar el fondo.

No olvido al niño y aprovecho para pasar el pie todo alrededor, y en el palmo de fango del fondo siento una lata vieja y un balde pero nada del hijo. Me apuro para salir a la superficie porque no podía más de la necesidad de respirar; muevo la mano en la oscuridad para agarrar la cuerda mientras que con la otra nado para mantenerme a flote; pero antes de que yo pueda aferrar la cuerda y gritar “tiren”, la maldita serpiente, que no era otra cosa, y que estaba allí en la superficie, se me lanza al cuello, me pasa sobre la boca, después detrás de la oreja y viene a posarse con su cabeza sobre la mía, quedando yo envuelto con su inmunda y gélida espiral.

¡Oh, madonna…! ¿Se puede uno imaginar cosa más espantosa y horrible? La tomo por la parte del cuerpo que me pasaba por la boca y dulcemente tironeo, sin hacerle daño, de miedo a que me muerda, pero inútil: ella está aferrada tenazmente y se sirve de mi cabeza para tener la suya fuera del agua.

Finalmente encuentro la cuerda, me apoyo y grito desesperadamente para que tiren, y ayudándome con los pies, con los hombros y con los codos, subo, siempre con la maldita serpiente enroscada entre mi cabeza y el cuello. Durante la subida, no dije nada a mi mujer por temor de que, asustada, me dejase caer de nuevo. Pero cuando me aseguré bien al borde externo del brocal, le dije: -Atenta, que vengo con una serpiente: acerca la luz para ver si es venenosa.

Mi mujer miró, dio un grito y me dijo que era una “culebra”.

Entonces, no sin repugnancia, la tomé del cuello y girando el brazo en espiral en el sentido contrario al que ella se había aferrado, la desprendí y la tiré al suelo y con un bastón la maté.

Entramos en casa, mi mujer corrió al cuarto para buscarme una camisa seca y enseguida oímos un grito: ¡Corran! Volamos todos y ¿qué vimos?

En un baúl de la ropa blanca en el que apenas entraba, estaba el niño perdido, rojo como un tomate y cubierto de sudor, durmiendo plácidamente.

Con la brisa fresca y el ruido abrió los ojos y nos miró uno a uno, maravillado de vernos a todos allí alrededor de él. Pero enseguida, sus hermanitos comenzaron a insultarlo en todas las lenguas: burich, “pícaro, canalla, hacernos buscar tanto y vos, sucio como estás, durmiendo en el baúl de la ropa blanca…”

Yo casi estaba por despotricar contra la madre por no haber buscado en el baúl, pero después me acordé de las palabras de Manzoni que del senno di poi son piene le fosse y me callé.

Contrariamente a mis hábitos, bebí un vasito de “caña” que me pareció fuego en el estómago y después, cansado de tantas emociones, me acosté sin cenar.

(Santa Ana, 3 de enero de 1921)

El relato es parte del libro Escenas Familiares Campestres. Publicado por Edunam en 1999.

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