El músico

Domingo 7 de junio de 2020 | 01:30hs.

Por Vasco Baigorri Escritor

Tenía un repertorio escaso, más bien pobre. Unas veinte o treinta canciones, ucranianas y litoraleñas, en unas recordaba el sueño de la tierra prometida de los padres y abuelos, en otras el sufrimiento y la lucha, la mayoría arrancaba a los presentes un sapukai que partía en dos la noche fría. Su voz no era afinada como la de un profesional pero sí suave y agradable.
Llegaba, caminando despacio, saludaba con respeto a todos. Después de un cigarrillo para acompañar la charla buscaba un lugar donde sentarse, abría con lentitud el estuche del acordeón mientras su público se iba acomodando, no muy lejos para escucharlo mejor y apretados para ganarle al frío de un invierno que recién comenzaba.
Nadie se movía de su alrededor y los aplausos no se contenían.
Solo cuando alguno, de los que hacían guardia al costado de la ruta, sacaba desde el fondo de su rabia el grito de ¡Yerbaaa! la audiencia se desparramaba para agruparse cortándole el paso al camión que pretendía sortear el paro yerbatero. Este trámite solía durar entre una hora y dos hasta que el camionero aceptaba estacionarse a un costado y dormir en la cabina.
Muchas veces los choferes, se sumaron a la rueda porque también se sentían pueblo y sabían que la cosa no era con ellos.
Cuando todo se calmaba, de nuevo los acordes, llenaban la noche y como un imán los atraían.
Al llegar la mañana se iba tan despacio y en silencio como había venido. Formaba parte de los comentarios con que los productores recibían a quienes los reemplazaban. La huelga se hizo cada vez más dura por el silencio de las autoridades que apostaban al cansancio de los colonos, sin embargo, lo que crecía era la bronca.
Una noche de las más templada, lo vieron acercarse, despacio, como siempre. Nunca eran tantos, estaba casi toda la colonia. Había reunión en el Ministerio. Arena, su representante, les pidió que estuvieran alertas. Junto a los fogones crepitantes unos a otros se preguntaron quién era, su cara les resultaba familiar, lo habían visto todas las noches acompañándolos pero en realidad nadie lo conocía, ni sabían si era productor o tarefero.
Pedro se llama, dijo alguien y Pedro se llamó.
En la olla se estaba cocinando el guiso que sería, otra vez, la comida compartida, cuando empezó a cantar. Dejaron de hablar y solo el mate se movía. La luna iluminaba el ambiente, desde la ruta se escuchó “¡¡Yerbaaa!!!”
La multitud, como un hormiguero pateado, salió disparada, un poco de acción después de un día de inactividad les calentó la sangre a todos.
Volaron los tacos para detener al camión que pretendía pasar, con tambores le hicieron una barrera. La Gendarmería intervino para que la gente no se desbandara y el conductor, viendo que no tenía las de ganar, estacionó donde le indicaron, trabó las puertas y se fue a dormir con muy pocas ganas de hablar con nadie.
Volvieron a formar la rueda entre voces y varios sapukais con los que festejaban el triunfo de otro camión parado.
En ese momento desde la radio de una camioneta se escuchó: “Arena en nombre de los dirigentes yerbateros declara levantado el paro, después de cincuenta y tres días, porque el gobierno aceptó fijar el precio reclamado”. Gritos, abrazos, alegría, hasta lágrimas en los ojos de algunos y no faltó el que dijo que se hiciese, ahí nomás, una fiesta. Fue cuando se dieron cuenta que el músico no estaba. Pedro se había ido y Matilde, una joven adolescente, con él. El relato es parte del libro de próxima edición “Olivares en los basurales de Quilmes”. Baigorri es miembro de Aristóbulo del Valle Escribe (AVE), de la Fundación Cultural Argentina

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