El ente ciudadano y el árbol solo en el monte - El Territorio Misiones

El ente ciudadano y el árbol solo en el monte

Domingo 5 de julio de 2020 | 04:30hs.

Esteban Abad
Escritor

Su andar por la ciudad es el paso de un ente etéreo que existe sólo desde él y hacia él. Nadie sabe si es un fauno, un gnomo, un espíritu evadido de su cárcel física que se personifica cuando llueve. 

No es un ser mitológico pero parece mucho a cualquiera de ellos. Sobre todo porque aparece y desaparece y nadie puede asegurar que lo ha visto sin dar rienda suelta a historias que suenan incoherentes a veces, fantásticas otras y en ocasiones risueñas elucubraciones de charlatanes de feria.

Es una figura antropomorfa asexuada, una entidad incorpórea, una nube, una pompa de jabón, un perfume de algo misterioso, indescifrable, inasible, un flash que se materializa, una materia que se diluye en el instante mismo en que se lo percibe. 

Ayer, bajo la lluvia, estaba sentado en cuclillas bajo el ínfimo refugio de una parada de ómnibus. Con una enorme gorra de niuyorker, amplios vaqueros y remera verde semejábase a un Pombero made in halloween o a un Yacíyateré con problemas de identidad.

Ridículo mensajero de poras principiantes, era como la sombra del curupí descansando en un recodo del chaparrón. En la mañana anterior se congraciaba con lobizones barriales y vampiros poco poéticamente devenidos en murciélagos descoloridos.

La noche antes lamía restos de un helado en el tacho de la indiferencia céntrica. Alguien se fija que tiene la melena negra azabache y revuelta pero no trae “la corbata floja y suelta” y no hay rencor al mirar  - tango -. Se han trocado sus prendas por afranciscanados andrajos marrones, anchos tanto como puedan serlo y frescos como la temperatura.

“Se le fue la mujer la noche de luna de miel” aventura amateur cronista ambulante. El diario ilegible de la chismografía titula “Mató a su hijo y a los padres”. No mató ni matará. Lánguido marginado de la pavada vecinal, sentado en los ataúdados canteros de la peatonal no puede matar ni su hambre.

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Cuando los veo tiemblan tanto mis hojas….! Tanto que la gente dice “¡Qué viento hay!”. Es que meten miedo con sus instrumentos de tortura en la mano y con esa manera de mirarme que no presagia nada bueno. 

Los veo, aún de lejos, y me siento mal, no sólo por mí sino por mis hermanos que tengan la desgracia de ser señalados para caer en sus manos. 

Nadie nos defiende ni le importa que nos hieran o mutilen, incluso que nos maten y en trozos nos arrojen a un basural en el confín del pueblo, condenados a ser cadáveres insepultos y descuartizados.

Por eso tiemblo, por el terrorífico pensar en que pueda ser yo protagonista – víctima,  de la historia que ha plasmado Alberto Szretter: 

“Para hacer caminos se cortaron los árboles / y al aire le faltó una molécula de oxígeno / el sol llegó directamente a la tierra / y su energía sin freno mató al hongo / el helecho se encontró sin sombra / la hormiga sin jugo / el oso sin hormiga. 

/ Por el mismo camino, mientras tanto, llegaron nuevos colonos / y para ganar tiempo prendieron fuego a la selva”.

Terrible. Me horroriza. Es que presiento que mis hermanos cercanos van cayendo y creo que quedaré solo como contaba Daniel Stéfani en un poema “perdió su altura la selva / después cayó el monte ralo / y el árbol se quedó solo / entre el inmenso rozado (...) le perdonaron la tumba / pero en su triste final / lo que no hicieron las hachas / lo pudo la soledad “. 

Por eso tirito hasta mi última hojita cuando los veo con sus hachas, machetes, sus sierras a motor, ansiosos de cobrar una nueva presa. Ya no se puede morir como decía Casona, “de pie”. Morimos pues nos podan por dar sombra a la casa o por capricho,  porque es invierno o tiramos hojas a la vereda en otoño o flores en primavera…, O nos talaron para plantar miles de pinos, dicen qué, factor de progreso… 

El relato integra el libro a publicarse “Reflejos posadeños”. Abad es escritor, periodista, trabajador de la cultura misionera.

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