El algarrobo del español - El Territorio Misiones

El algarrobo del español

Domingo 26 de julio de 2020 | 02:30hs.

Carlos Miguel Zarza Machuca Escritor

Al bajar de la combi, lo primero que le llamó la atención fue un árbol no muy alto, pero imponente, a pesar del notorio daño que había sufrido por las llamas.

Y antes de entrar a la pequeña casa que el Estado le había asignado, vio un pararrayos y una veleta en el techo de la misma.


También vio que era una casita muy antigua, quizás centenaria. Hermosa. Sola junto al camino. Sola no, a unos cien metros había un largo edificio de madera, pintado de verde y con una bella galería en el frente. Lucía un gran cartel que decía “Almacén y comedor “El algarrobo del español”.

Tal vez a doscientos metros, se levantaba la biofábrica en la que trabajaría.

Al entrar a la casa, confirmó lo que suponía. El interior era muy fresco, en comparación con el infierno de afuera. Había pocos muebles, los necesarios. Hasta vajilla limpia había en el mueble de la cocina. “Linda casa”, pensó.

Aprovecharía el domingo para instalarse en la casa y acomodar sus cosas.

Cuando se acercó la hora del almuerzo, se encaminó hacia el almacén. El calor era cruel. De los cerros cercanos no llegaba ni una brisa.

Al llegar, vio a una señora viejecita y digna, sentada junto a una de las mesas dispuestas en la galería.

– Venga, doctora, acompáñeme…-

- Buen día… ¿Cómo sabe que soy doctora?

La anciana se rió y dijo: - En esta comarca se sabe todo…y los de la biofábrica son muy chismosos. Algunas veces vienen a comer acá en vez de ir al comedor que hay allá. Hoy no va a venir ninguno porque es domingo. Pero usted siéntase cómoda, enseguida mi marido va a traer agua fresca y unas empanadas que a mi marido le salen muy bien.

-Muchas gracias. Sí… hoy hace mucho calor, pero hay muchas tormentas por acá parece. Digo, porque la casa tiene pararrayos y ese algarrobo habrá sido alcanzado por un rayo…

¿Un rayo? muchos, doctora. Ese árbol tiene como trescientos años. Pero aguanta firme. Es el algarrobo del español. ¿Sabe por qué se llama así? -La doctora iba a decir que no, cuando la anciana continuó.

–Esto viene desde los tiempos de la independencia, cuando peleaban los criollos contra los realistas.

El español del algarrobo murió muy mal y hay quien dice que su fantasma aparece de vez en cuando, pero eso es mentira- dijo la vieja, haciendo una mueca de desprecio.

En ese momento se acercó el viejo con una jarra y dos vasos. Incontables gotitas parecían brotar del vidrio.

–Buen día…ya salen las empanadas-

-Buen día…gracias.

La señora continuó.

-Cuentan que San Martín mandó espías antes de cruzar la cordillera, pero no crea que los realistas eran tan tontos, ellos, se ve, que algo sabían y decidieron mandar espías también. El español del algarrobo fue el primer espía que mandaron. Claro, los españoles sospecharon demasiado tarde y además su espía nunca llegó a destino.

Pero él no venía solo, lo guiaba un baqueano criollo. Cruzar la cordillera, incluso por los pasos menos peligrosos, no era nada fácil. Un baqueano era indispensable, porque el español habrá sido un jesuita muy culto, pero de los Andes no podía saber gran cosa.

-¿Un jesuita?

Así parece. Pero él dejó los hábitos siendo todavía joven y comenzó su carrera como militar.

-No muy lejos de acá- dijo la vieja, señalando hacia los cerros- los sorprendió un desprendimiento de piedras que alcanzó al baqueano y a su caballo. Los dos murieron. El caballo del español no murió, pero echó al español, se espantó, y se alejó galopando. Cuando el espía volvió en sí, comprobó que estaba absolutamente solo, en medio de una comarca que no conocía en lo más mínimo…

-Acá están las empanadas, doctora, le aseguro que le van a gustar mucho. Si quiere acompañar con vino…- dijo el viejo interrumpiendo el relato.

-Gracias. Cualquier tinto fresquito vendría muy bien.

-Bueno, -siguió la vieja- el español empezó a deambular durante horas sin rumbo, bajo el sol que ya estaba insoportable. En esa desesperada situación estaba, cuando vio, bastante cerca, unas nubes oscuras, cargadas de lluvia, sobre el valle. Las nubes parecían inmóviles, quietas. El español recobró fuerzas y sin pensar mucho, comenzó su marcha hacia el valle. A mitad de camino, ya muy cansado, vio caer la lluvia. Imagínese la reacción del hombre, sediento, caminando sobre las piedras hirvientes, al ver eso. Siguió su marcha mientras la lluvia caía y aunque dejó de llover antes de que él llegara, y a pesar de que el sol estaba ya alto, no se detuvo, pues seguramente encontraría una fresca charca para beber.

Esto que le digo fue cerca de esta ruta. Esta ruta se hizo siguiendo la traza de la huella que los reseros usaban en aquel tiempo. Y su casa no es de esa época, pero debe tener unos cien años por lo menos. Acá prácticamente todo es viejo.

Cuando por fin llegó el español,  las piedras y el polvo habían absorbido casi toda el agua,  y el sol, fortísimo, se encargó de evaporar lo quedaba. El hombre apenas caminaba sobre el barro espeso, hasta que descubrió un charco pequeñito sobre una laja. Casi se arrojó sobre ella y pudo beber algo. El pobre terminó lamiendo la piedra, y, ya sin fuerzas, se desvaneció.

Al otro día, lo despertaron las gotas de lluvia que volvieron a caer. No muy lejos, vio un hilo de agua correr entre las piedras. Corrió hacia la salvación y alcanzó a beber algo del agua, sucia de tierra. Pero la lluvia había cesado antes de su llegada, y el agua, bajo el sol ardiente, enseguida se volvió barro mugriento. El español siguió caminando como podía, sucio de barro, y ya confundido por la sed que le apretaba la boca. Cuando no pudo más, se acurrucó en el suelo, y durmió.

-Su vino, doctora.

-Gracias… ¿y el español qué hizo?

El español cometió un grave error. Comenzó a blasfemar. Maldijo a Dios y a la Virgen María. Así dicen. Después rogó que Dios lo matara de una vez... y volvió a maldecir. Y no solo mandó a la mierda a Dios, sino que abominó el día en que se le ocurrió ser religioso. Y así, maldiciendo y blasfemando, se volvió a desmayar.

Cuando despertó, el sol casi se había escondido. El español siguió caminando sin parar. Lo alcanzó la noche, que en esta zona es muy fría, pero siguió caminando, totalmente desorientado, y así fue que llegó hasta aquí, al amanecer.

-¿Aquí?

-Aquí mismo- dijo la vieja señalando el algarrobo. En su tronco se recostó y ahí se quedó todo el día. Ya no tenía fe. La noche lo encontró murmurando, furioso, en contra de Nuestro Padre. Ni siquiera vio que nuevamente se había acercado una nube negrísima. Tal vez ni siquiera vio la luz que lo mató a él y quemó parte del algarrobo.

-Un rayo…

-Un rayo, doctora. Un castigo divino al jesuita que aborreció a su Dios.

Pocos días después pasó un resero por el lugar. El buen hombre tuvo piedad, se apeó de su cabalgadura y cavó una tumba para el español. Le hizo una cruz con dos ramitas que ató con una hebra de la carona de su montura.

La cruz del español no duró mucho, pero Nuestro Señor lo sabe todo y volvió a tirarle un rayo a la tumba más de una vez. El último lo vi yo misma, cuando yo era moza. ¿Usted sabe? Yo viví siempre en esta casa. Y un día que estaba nublado, pero que no anunciaba tormenta, yo estaba en esta misma galería cuando un rayo me hizo saltar de la silla…

La doctora, que había escuchado con cierta curiosidad la leyenda del español del algarrobo, no pudo evitar preguntar: -¿Y Dios siguió enojado más de un siglo con el español?

-Pero, doctora, ¿qué es un siglo para Dios?.  Él es eterno y un siglo ha de ser para Él un minuto, o menos todavía.

A la doctora le había causado gracia el razonamiento de la vieja, pero no lo demostró.

-Bueno, yo me voy para adentro. Ya es hora de la siesta. Buen provecho.

La doctora terminó su almuerzo, pagó al viejo y volvió a la casita. El aire estaba calcinante, pero ella no tenía la costumbre de la siesta. Y además, tenía mucho para hacer. Mientras ordenaba unos papeles, alguien tocó a la puerta. Abrió y era un señor apuesto, de unos cincuenta años.

-Buenas tardes, ¿usted es de la biofábrica, no?- El hombre sonrió. Y ella se apresuró a decir: -Disculpe mi descortesía, pase, pase, que hace calor. Acá adentro se está mejor. Tome asiento que le traigo un vaso de agua.

Desde la cocina, la doctora preguntó, como para romper el hielo:- ¿Esta casa es segura, no? Digo, porque hoy me contaron que por acá caen muchos rayos.

Volvió de la cocina con un botellón de agua y un vaso, pero no vio al enviado de la biofábrica. Salió afuera a mirar y no había nadie.

Solo vio la ardiente ruta desierta y el quebrado horizonte de cerros.

Relato Inédito. Zarza Machuca es profesor en Lengua y Literatura. Superficies, es el título de su último libro.

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