Cabuyería - El Territorio Misiones

Cabuyería

Domingo 19 de julio de 2020 | 02:30hs.

Osvaldo Mazal
Escritor

Quién diría, existe un saber llamado “cabuyería”, que estudia el arte de hacer nudos. Yo vendría a ser entonces un cabuyero incipiente. Desde hace un par de días nomás, cuando se me ocurrió explorar el tema de los nudos, vaya a saber por qué. Bah, sé bien porqué. Empecé pensando en el nudo Borromeo, después en el gordiano, y así me fue llevando la inercia y llegué a los quipus, y en el camino se me atravesaron la teoría de las cuerdas y la de los nudos, y tropecé por ahí con la topología matemática y la física atómica, y así sigo resbalando. Con algo de pavor me van iluminando algunos fogonazos, y en ese resplandor percibo que la historia del mundo podría escribirse a través de los nudos, y cómo se atan y desatan. Para colmo mi mujer acaba de colaborar con tres libros encadenados o anudados entre sí, podríamos decir: “Las trenzas gauchas”, “El cuarto de las sogas” y “Al tranco”, de don Manuel López Osornio.

En esos libros, López Osornio le hizo decir a don Jacinto Nieves, el trenzador, que le encantaba pasar los ratos de ocio “adornando con primorosos trenzados las pilchas de mi recado”, y después de esa coquetería gauchesca ya en extinción, le hizo explicar con sumo detalle su mundo de nudos y trenzas, trabajadas y cuidadas por esos años del siglo XX y según la costumbre por un trenzador, habitualmente un gaucho que en su vejez regenteaba el “cuarto de las sogas”, infaltable en cualquier estancia argentina que se preciara. Así desfilan en la descripción de don Jacinto trenzas de uno a veintiún tientos, nudos y botones, revestidos, pasadores y estribos, remates, ingeriduras y ataduras. Hasta el catálogo de nudos de la marina real británica se queda cortito frente a la nudosa sabiduría de don Jacinto, el trenzador. 

Y de los infinitos nudos utilizados con flema inglesa por los marinos británicos, no puedo dejar de saltar a la antigua manera de medir la velocidad en un barco, también en nudos, claro, mediante una corredera. Que era una soga. ¿Con qué?... por supuesto, con nudos. A una misma distancia entre sí, habitualmente una braza (6 pies). Y en la punta de la soga, una madera pesada. Desde la popa un marinero lanzaba al agua la madera, dejaba deslizarse entre sus manos la soga hasta que sentía el primer nudo, ahí gritaba “marca” y un segundo marinero, que sostenía un reloj de arena, lo invertía. La arena empezaba a caer mientras el primer marinero iba contando. ¿Qué contaba?... Elemental, los nudos que pasaban. Hasta que el marinero del reloj, caída toda la arena, cantaba “¡marca!”. El de la corredera retenía entonces la soga, medía la fracción de cuerda que había pasado desde el último nudo hasta su mano, y cantaba, por ejemplo, “¡siete nudos y un tercio!”. Un nudo, aclaremos, equivale hoy en día a una milla náutica por hora, 1.852 metros por hora; se usa en la navegación aérea y marítima, y para medir los vientos. Como si, verdadera paradoja, los nudos (esos inocentes elementos destinados a atar, trabar, conectar, vincular, cerrar, trancar) y la fluidez de ciertas formas de la materia, tuvieran alguna clase de intrincada relación, a la que la razón todavía no puede acceder, aunque lo viene intentando.

Si comparo el universo que se insinúa repleto de nudos con el mundo de mi experiencia infantil, no son muy diferentes: a la madrugada, medio dormido todavía, empezaba luchando yo con los cordones de los zapatos (“con doble moñito”, era la recomendación de la casa) y el nudo de la corbata, después en la escuela se me hacía un nudo patriota en la garganta al escuchar “Aurora”, y al rato un nudo en el estómago si no había llegado a estudiar y tenía que pasar al frente. A la siesta lanzábamos trompos con mis amigos con un cordón que en la punta tenía un… nudo; por la tarde, si había muchos clientes, solía ayudar en el negocio de mi viejo a atar paquetes, con su nudo doble y correspondiente moño tipo mariposa, y a la tardecita con mis hermanos jugábamos al ahorcado. (Como ustedes sabrán, en la horca la eficacia del nudo es, más que en otros casos, cuestión de vida o muerte: incluso en algunas civilizaciones, si el maldito nudo se soltaba, el condenado a muerte era perdonado y el inservible verdugo lo suplantaba en el cadalso). Por las noches, finalmente, solía tejer sueños ingenuos en los que acariciaba las trenzas y los moñitos en cinta de seda de mi vecinita. Así que puedo afirmar, sin faltar a la verdad, que mi mundo también se configuraba en nudos, tanto en el sueño como en la vigilia.

Ni que hablar de los quipus (“nudo” o “atadura”, en quechua), un antiguo instrumento inca que consistía en una larga cuerda principal sin nudos, de la cual colgaban muchas cuerdas secundarias con nudos, y varias otras sujetas a las anteriores. Aparentemente sería posible lograr más de ocho millones de combinaciones, mediante los diversos colores de cuerdas, distancias entre cuerdas, posiciones y tipo de los nudos posibles en cada cuerda. Para algunos investigadores, el quipu era solamente un instrumento de numeración y contabilidad. Otros consideran que era una verdadera lengua, un sistema gráfico de escritura en el que se representaban canciones, poemas y relatos épicos de los Incas difuntos. Los quipus eran manejados por los quipucamayoc o “responsables del quipu”, ancianos como don Jacinto el trenzador, únicos capacitados para descifrar y enunciar los mensajes contenidos en los quipus. 

Pero no podría terminar este escrito cabuyero sin nombrar a algunos quipucamayoc modernos que intentaron, como el trenzador en su cuartito de las sogas, captar con sus conceptos cómo la materia y la geometría del universo eran regidas por la forma de los nudos. Por ejemplo lord Kelvin. Famoso por el cálculo del cero absoluto, la temperatura mínima alcanzable por la materia, y por la creación de la escala de temperatura absoluta, Kelvin propuso a fines del siglo XIX que los átomos podían ser considerados nudos formados por pequeños vórtices o corrientes cerradas de éter. Otro físico, Peter Tait, configuró una detallada lista de nudos, a la manera de la lista de la marina británica, pero con la creencia errada de que estaba creando una tabla de elementos naturales. Al pobre Kelvin le falló la hipótesis, pero en cierta forma esa idea se retomó más de un siglo después, cuando los estudiosos de la topología plantearon una teoría de nudos, y a partir de esa compleja teoría matemática se desarrollaron sucesivas teorías físicas de las cuerdas, casi incomprensibles para cualquier trenzador del montón o un cabuyero novato como yo. Porque ya no se piensan los electrones como partículas sino como fibras o cuerdas que vibran, y se considera el universo no solo con las cuatro dimensiones espacio – temporales que todos conocemos y percibimos, sino con otras seis adicionales, imposibles de observar. Y, en la teoría de cuerdas más compleja, se agrega una dimensión número once que envuelve a las otras diez, como una membrana. O una atadura, un nudo omnipresente que abarca toda la materia del universo. Je… qué diría don Jacinto, el trenzador.

Pero no sólo la materia, también la psiquis humana parece que viene bastante anudada. ¿Vieron los anillos del emblema de las olimpíadas, esos cinco aros de diversos colores entrelazados entre sí que representan a los cincos continentes?... Bueno, el psicoanalista Jacques Lacan usó algo parecido, el famoso nudo Borromeo, con solo tres aros que se anudan figurando los tres registros de nuestra psiquis: lo Real (lo inconceptualizable), lo Simbólico (el lenguaje y la cultura) y lo Imaginario (lo representativo, las imágenes). En el nudo Borromeo basta retirar cualquiera de los tres anillos para que se desanuden los otros dos. Y si ese triple nudo se desata, se pudre todo: estamos perdidos, propiamente, dice Lacan, nos desbarrancamos a alguna clase de locura: una locura desatada, para ser más precisos. Aunque al final del camino Lacan dijo algo así como que eso que él estaba formalizando con gráficos y matemas, no era posible de conceptualizar.

Como verán, no es sencilla la tarea de los trenzadores, de los quipucamayoc modernos. Tampoco la de los cabuyeros, y menos la de los aprendices como yo. Es que el nudo de esta cuestión jamás será fácil de desatar. Quizá habría que apelar al más crudo realismo aristotélico. Cuando Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, se dirigía a conquistar el imperio persa, tomó Frigia, y allí, en la ciudad de Gordio, lo enfrentaron al reto de desatar el famoso nudo gordiano. La leyenda decía que aquel que lo consiguiese conquistaría el Oriente. Aristóteles, realista por antonomasia, solía aconsejarle a Alejandro durante los recreos que, ante un problema complejo, de difícil solución, lo más razonable era cortarlo de raíz, sin contemplaciones. Alejandro recordó al maestro y, con la sabiduría expeditiva del guerrero, solucionó el problema del nudo gordiano con un golpe de su espada, diciendo al mismo tiempo “es lo mismo cortarlo que desatarlo”. Parece que Zeus aprobó la solución, esa noche en la ciudad de Gordio explotó una fuerte tormenta de rayos.


El presente texto forma parte de una serie inédita llamada “Simetrías”. Mazal es profesor de Teoría Literaria de la Unam. Publicaciones: Mundos-Diálogos-Silencios, poesía. Darwin poeta, novela.

El Territorio no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite.

El Territorio se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina